Está parado detrás de una columna vertebral que, si hubiera sido real, podría haberle pertenecido a una persona de dos metros. Daniel Molalegne le pide al fotógrafo Dante Piaggio que, por favor, lo retrate de frente, no de perfil. Dante le pregunta si es de la India y él responde que no, pero que tal vez lo fue en su anterior vida, porque siempre se lo preguntan. En realidad, él nació en Etiopía.
Daniel tiene manos firmes, es de estatura mediana y contextura delgada. Si uno lo viera fuera del consultorio, no imaginaría que, con esa apariencia algo frágil, él puede realizar un ajuste de vértebras en dos minutos y que en un día atiende a cerca de 45 pacientes.
La mayoría de pacientes que llega a él tiene dolores de cabeza, cuello, espalda o adormecimiento en los miembros superiores e inferiores. “Algunos vienen forzados por sus familiares y otros como si fuera la última alternativa”, explica. Muchos le dicen al llegar: “Tiene que curarme, doctor”. Pero él es bien claro con eso. Él no cura, él ayuda a que el cuerpo responda solo.
Cuando un adolorido paciente llega por primera vez, se le hace una revisión de 30 minutos en una mesa de quiropráctico. Molalegne manipula la columna y, con ayuda de las radiografías, recomienda lo que considera el mejor tratamiento. “Por ejemplo, si el paciente presenta una subluxación, se le hace un ajuste de vértebras, pero primero lo tiene que ver el traumatólogo”, explica. Además, advierte que una persona con algún problema en la columna siempre debe hacerse un “mantenimiento y prevención”.
Nacimiento de un Quiropráctico
Molalegne proviene de una familia muy religiosa, incluso en casa le daban de tomar agua bendita antes de desayunar. Su madre tenía un negocio, pero todas las ganancias las donaba a la Iglesia. “Ella construyó la iglesia del pueblo, así es ella”, dice.
Él descubrió la quiropráctica de niño, en Etiopía, luego de tener un accidente que le generó una escoliosis de segundo grado (la de tercer grado es la más severa). Recuerda que tenía dolores agudos y que fue atendido por un quiropráctico canadiense que lo ayudó mucho. Cuando terminó el colegio, ganó una beca para irse a estudiar a Estados Unidos y el choque cultural no fue grande porque, como muchos de su generación, hablaba inglés además del amárico, la lengua oficial de Etiopía.
“Yo quería estudiar Medicina pero tenía un problema, no me gustaba la sangre”, confiesa. Entonces descubrió la medicina alternativa.
Como una columna con escoliosis siempre debe estar bajo evaluación, Molalegne tenía un quiropráctico que finalmente lo ayudó a decidir su carrera. En 1999, se graduó como doctor en Quiropráctica, luego de ocho años de estudio en Logan College of Chiropractic de Estados Unidos.
Por el acento y por las palabras en inglés que se le escapan cuando habla español, uno pensaría que este especialista ha llegado al Perú hace poco. Pero él vino hace diez años, cuando tenía 30, motivado por la idea de conocer nuevas culturas, en especial, Machu Picchu. Al llegar al país, un antiguo compañero de estudios le recomendó quedarse y, a sugerencia de él, entró a trabajar en el consultorio del centro quiropráctico Quiromedic, donde se mantiene hasta ahora.
Demanda creciente
Molalegne dice que en estos años la demanda por la medicina alternativa ha aumentado y que varios de sus pacientes son extranjeros. El centro donde trabaja atiende a un promedio diario de 65 pacientes y en temporadas altas –como las vacaciones escolares– llegan hasta 90 personas por día. En el 2010, Quiromedic ofreció 20.280 atenciones, 30% más que en el 2009.
“Hay doctores que no creen en la medicina alternativa pero hay otros que sí recomiendan a sus pacientes atenderse con quiroprácticos”, dice Molalegne. Incluso, la clínica en la que trabaja está asociada a algunas compañías de seguro. Cuando se le pregunta cuál ha sido el paciente más difícil, contesta que es todo aquel que no responde al tratamiento. Del total de pacientes que acuden a terapia, el 70% culmina el tratamiento (que en promedio puede durar seis meses). “Hay muchos que responden al tratamiento, pero hay otros que no lo hacen, y otros que no pueden continuar por su propia economía”, dice.
Una primera evaluación general, que incluye radiografía de columna, evaluación del traumatólogo y del quiropráctico, cuesta S/.180. Luego, cada sesión tiene un precio menor y es variable.
Molalegne trabaja todo el día, hasta las 9 de la noche, y prefiere su consultorio a la vida social. Viaja una vez al año a visitar a su familia en Etiopía y sueña con hacer escuela y difundir esta (quiro) práctica en otros países. Pero, claro, antes tiene que visitar Machu Picchu. Hay algunos pacientes agradecidos que, luego de tratarse con él y obtener buenos resultados, lo han comenzado a llamar ‘San Martincito’.